La mala educación

Cuando éramos pequeños y gateábamos por la guardería una serie de personas mucho mayores que nosotros se dirigían a nosotros para advertirnos “eso no se toca”, “eso no se come” etc. A esas personas las llamábamos profesor o profesora, maestro o maestra, señor o señorita.

Su presencia nos infundía un enorme respeto, si no admiración en muchos casos. Crecimos, y esos mensajes fueron madurando conforme íbamos entendiendo lo que estaba bien y lo que estaba mal. Un profesor que tuve en quinto de primaria nos sorprendía en la primera clase con la frase “saber estar”. Si bien puedo recordar sus palabras, decía con gran vehemencia “Saber estar no es saber estar en clase: es saber estar en el cine, saber estar en una fiesta, saber estar en casa”. En el colegio levantábamos la mano para preguntar, pedíamos permiso para irnos al baño y no siempre nos lo daban si la clase estaba a punto de acabar. Reírse en clase o hablar fue muchas veces motivo de castigo y de “sin recreos”.

Seguimos creciendo y ya el respaldo de las sillas se nos quedaba corto para la espalda. Era bachillerato y entre nuestros comentarios era frecuente escuchar “vaya tostón de clase, ¡Si esto me lo puedo estudiar solo en mi casa!” o “qué ganas tengo de ir a la Universidad, si no quiero no voy a clase”. Pues bien, el momento llegó para muchos y para mí también. Ahora estoy en tercero de carrera y en mi clase es normal escuchar en medio de la explicación, risas, voces hablando en alto y el continuo y molesto crujir de los bancos cuando un grupo de colegialas tardías quieren tomarse un descanso porque se aburren.

Después de tres años de libertinaje universitario, una profesora nueva del segundo cuatrimestre nos dio una lección de civismo que parecía haberse quedado en aquellas sillas pequeñas del colegio. Comentó la naturalidad con la que los alumnos se tomaban el salir y entrar en clase y el absentismo entre otras cosas. “Cada vez que sale gente de la clase me hacen perder la concentración, interrumpen y distraen a sus compañeros” decía en un momento de derrota ante la situación. La respuesta de la clase no pudo ser más mezquina, con susurros y críticas por lo “bajini” que acusaban a la profesora de institutriz y de dictadora entre otras cosas. ¿Quién es el responsable de que los jóvenes confundan libertad con libertinaje? o lo que es peor, ¿educación y respeto con represión? Me pregunto cuantos padres pusieron el piloto automático con sus hijos y se limitaron a decir “estudia” cuando lo requería la situación. Tampoco es de extrañar que la televisión haya aportado su granito de arena con programas como gran hermano o series como Física o Química, pime time y piedra angular del despropósito, el mal trato verbal,  y la chabacanería adolescente. En un capítulo una profesora era asesorada por una alumna (ya da grimita la escena) quien le decía que con el malote de la clase lo efectivo era enfrentarse a él porque de otra forma la iba a torear.

No es de extrañar que la suma de todos estos factores bien removidos y condimentados, dé lugar a escenas como las que estoy viviendo en clase en las que no se tiene ni en cuenta el que un grupo esté exponiendo un trabajo. La verdad es que da vergüenza que un profesor de Universidad tenga que llamar la atención por conductas impropias, ya no del aula, sino de la vida cotidiana, del día a día. Es anecdótico en todo este asunto el dato de que estemos estudiando una carrera en la que el futuro son los medios audiovisuales: comunicación audiovisual. Desde el adoctrinamiento comunista de las películas de la Revolución Rusa, hasta el debate de Kennedy contra Nixon (el cual perdió por televisión), se ha dado fe del gran poder de los medios no solo a nivel propagandístico sino educativo. Entonces es cuando me asaltan las dudas ¿Qué clase de mensajes transmitirán mis compañeros de clase a la sociedad? Lejos de caer en el catastrofismo, tengo fe en que el colegio y la familia tengan mucho más poder modelador en las personas que el mundo de los cables y las antenas. Pero la fe no es suficiente. Hay que erradicar, a mi juicio desde raíz, problemas que están teniendo mis contemporáneos de hedonismo exagerado, consumismo caprichoso y analfabetismo político y cultural.

Y todo, porque algún día otros gatearán, crecerán y nos mirarán con admiración esperando que les sirvamos de referencia, la cual debe ser lo mejor posible para que la sociedad mejore y no caiga en la anomia.

Iván Martín

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