Sobre Educación para la ciudadanía

Cuatro chicos salen de fiesta un sábado por la noche. Tal vez son estudiantes, o no; quizá sean de familias de clase alta, o media, o baja, o media baja, o media alta, o media media, o baja baja… qué más da… se supone que, por ley, habrán de cursar estudios hasta la Secundaria Obligatoria, que es eso, o-bli-ga-to-ria.

Siempre dentro de este supuesto, tendrán unas nociones básicas del bien y del mal, de lo que es correcto y lo que no, de lo que se puede y/o debe hacer y lo que es inadecuado e, incluso, ilegal.

Me cuenta un taxista que nuestros cuatro protagonistas, desconozco si iban bebidos, drogados o recién tomado un colacao con galletas, la noche de autos se hicieron con el teléfono móvil de un compañero suyo, tampoco sé qué método utilizaron para obtener tal botín, lo más probable, conjetura mi fuente de información no contrastada, el individuo que se ubicó en el asiento delantero del vehículo aprovechó un despiste del trabajador para coger el teléfono que descansaba en algún lugar del salpicadero del coche. Hasta ahí hablamos de un hurto que, aunque probablemente bien tipificado como delito o falta y, como tal, punible, está más cerca de la gamberrada que de la mala acción.

Transcurre la noche de fiesta y nuestros chicos deciden llenarse de gloria. En la agenda del teléfono, como en muchas otras, figura el registro “casa”. Nuestros genios de la originalidad y el divertimento, a eso de las cinco de la madrugada, deciden llamar a ese número y dar el susto de su vida a la esposa del taxista hurtado: que si tenemos a tu marido, que si está atado a una farola no sé dónde, que si lo vamos a rajar si no nos traes equis dinero… y tantas lindezas como se les pudo ocurrir en el marco de su jolgorio particular. La pobre mujer casi no lo cuenta porque, evidentemente, no podía contactar con su marido dado que el móvil lo tenían los desalmados imitadores de macarra con ganas de risas.

Afortunadamente el gremio funciona. La aterrorizada esposa llama a un compañero de su marido y éste a otro y la cadena localiza en las calles de la ciudad al supuestamente secuestrado taxista que, inmediatamente, llama a su casa para tranquilizar a la mujer  que estaba al borde del infarto y el episodio se convierte, así, en la anécdota con la que, durante varios días, los taxistas amenizarán las carreras de sus clientes, tanto aquellos que participaron activamente, como los que fueron informados por terceros en paradas y cafés de entre servicios.

El límite entre la gamberrada juvenil y el delito está más que escrito y la gravedad de los actos cometidos quedará a merced de la interpretación que las personas que trabajan aquello de la justicia hagan de ellos, si llega el caso, pero no dejo de pensar que se trata de un problema en la base fundamental de la formación de esos jóvenes.

Hay un déficit de educación en valores.

Sólo hay que dar una vuelta por el acontecer diario: xenofobias, homofobias, bulling, etc. etc, etc… mil ejemplos para ilustrar estos vocablos tan tristemente cotidianos que, por su dureza y gravedad, ocupan las primeras páginas de los periódicos y abren los informativos de radio y televisión. ¿Y esos otros que no son noticia? Jóvenes que ocupan los asientos reservados a personas mayores en el transporte público y que no sólo no los ceden, sino que insultan y desprecian al que se atreva a recriminarles su comportamiento; aquellos que escupen en cualquier sitio; esos otros, o los mismos, que ensucian con total impunidad lugares públicos, y no sólo cuando están de botellón, sino en cualquier esquina, a cualquier hora del día o de la noche;  los que rompen papeleras, bancos, cabinas telefónicas, parterres, plantas… sin razón aparente alguna, por puro entretenimiento; aquellos que no respetan el descanso de los demás o, aquellos otros, que dejan sus coches y motos encima de las aceras e impiden la circulación de los peatones y tantos y tantos pequeños comportamientos que aislados no lucen, pero juntos espantan. Son esos mismos comportamientos los que se convierten en el modo de vivir de los adultos de mañana, de después, de dentro de un rato y, repitiendo conductas, imitando a quienes se tiene alrededor, se perpetúan y, de esta forma, se hace de este mundo un lugar inhabitable, inhóspito, insalubre, insolidario y, en definitiva, asqueroso.

Cuando veo que muchos padres y madres están en pie de guerra contra la posibilidad de que en la escuela refuercen la educación en valores que cada uno de nosotros debe dar en casa a sus hijos e hijas, educando para la ciudadanía, se me erizan los pelos de la nuca.

Además, igual sólo me ha ocurrido a mí, pero cada vez que asisto a una conversación sobre la polémica impartición de la citada asignatura, el único argumento que he escuchado gira en torno a si las uniones entre personas homosexuales deben ser consideradas matrimonios o no. Como si no hubiera más valores sobre los que trabajar que el denominar de una manera u otra algo que, pese a quien pese, es una realidad social y, sobre todo, legal. El otro día me sorprendía una querida amiga con tal afirmación, eso sí, adornada con aquello de: “Yo no soy homófoba y respeto la homosexualidad pero no admito que se considere normal  que dos hombres o dos mujeres pretendan ser un matrimonio y, lo que es peor, que pretendan formar una familia porque los niños deben tener un padre y una madre y no cosas fuera de los normal”. Como se lee, no tenía nada en contra y respetaba la homosexualidad. Quizá habría que trabajar sobre el término “normal”, por ejmeplo, si hace unos años en este país una pareja convivía, como se hace hoy con total normalidad, sin haber pasado por la vicaría, era señalada y marginada y sus hijos, de haberlos, eran considerados bastardos sin derechos, ciudadanos de segunda, o tercera, casi ni ciudadanos. Y eso mirando nuestro pasado reciente e in situ, que si miramos nuestro presente un poco más alejado hacia el islam profundo, para ellos, e incomprensiblemente también para muchas de ellas, es de lo más normal enterrar hasta la cintura a una mujer y matarla a pedradas bajo el mismo trapo donde ha vivido.

Es preciso que nuestra sociedad aprenda valores. Que el loro viejo aprenda lenguas y se aplique para desdecir al refranero popular, y que el pollito nuevo sepa coger el relevo con dignidad y que, cuando sus hijos le imiten, se sienta orgulloso de haber contribuido a la mejora de la vida en este planeta.

No se trata de perpetuar conductas del pasado porque antes se hacía mejor, ni de aplaudir todas las innovaciones sin reflexionar sobre ellas. Se trata de unificar criterios que nos permitan avanzar en la cordialidad, la solidaridad y el respeto a los otros, para poder exigir esos mismos valores para con nosotros. Y, aunque está mal decirlo públicamente y deba defender, y de hecho defiendo, la no violencia como valor fundamental y el diálogo como arma para la resolución de conflictos, les prometo que si llego a trincar a los mentecatos de la bromita macabra del móvil, me habría quedado tan a gustito largándoles un guantazo en el tronco el oído, con la mano abierta, de los que escuecen…

Laly Ramírez

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